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Apatía escolar

Publicado por Hilda Fingermann

La apatía escolar importa desinterés referido al aprendizaje. El alumno está físicamente presente en la clase, pero su mente está “en blanco” o concentrado en sus propias preocupaciones, o dirigido a molestar el desarrollo de la clase, de la cual se siente ajeno e incómodo.

La apatía es un grave problema, pues el docente puede intentar estrategias diversas para ayudar a alumnos con escasos conocimientos previos, o dificultades para la comprensión lectora, pero motivar a un alumno que se resiste a aprender porque nada lo conmueve, es una tarea casi imposible, sobre todo si tampoco presta atención a la estrategia motivadora que plantea el docente.

En ocasiones la apatía se aplica a todos los ámbitos de la vida. Al intentar explicar el paso del pensamiento medieval al pensamiento humanista, les pregunté a mis alumnos el sentido de sus propias existencias, esperando aunque sea que la respuesta fuera “para divertirnos”, “para pasarla bien”, “para formar una familia” “para ser feliz”, sin aspirar a ningún pensamiento filosófico o profundo. Sin embargo la respuesta fue un prolongado silencio. Nadie se había puesto a pensar, ni le interesaba hacerlo, sobre la finalidad de sus vidas, su fin último, por lo cual, obviamente tampoco les interesaba la finalidad del aprendizaje áulico.

Al leer la reflexión sobre “la era del vacío” “o de la nada” de Lipovestsky, podemos encontrar alguna explicación a esta manera de sentir, o mejor dicho de “no sentir”, con el modelo individualista y consumista surgido de la sociedad postmoderna, donde el individuo ansía tener, pero cuando lo obtiene, eso no le brinda ninguna satisfacción, y se hunde en la depresión.

Para luchar contra la apatía hay que evitar que se produzca, una vez que se instala es difícil revertir la situación. Cuando empezamos las clases, debemos detectar a aquellos alumnos que se resisten a participar. Se debe tratar con ellos de modo personalizado, evaluando el problema y sus soluciones, incluso con la ayuda del gabinete escolar. Puede empezarse con brindarle tareas sencillas, si es que la desmotivación se basa en un problema de falta de confianza en su rendimiento; o en investigar su situación personal y familiar, citando a los padres, para elaborar estrategias conjuntas. Un alumno que no encuentra en su familia apoyo, que lo mandan al colegio; pero cuando regresa, ni siquiera le preguntan cómo le fue, o qué tareas tiene, no sentirá que su actividad es importante. El alumno debe percibir que importa, que los adultos están preocupados por su aprendizaje, que depende de él, y que es justamente el protagonista de esta aventura, en la que se resiste a intervenir.

Intentos hay muchos, y por supuesto los resultados no son siempre seguros, sobre todo cuando no hay acompañamiento familiar, pero vale la pena intentarlo. La proyección de películas muchas veces los acerca al mundo de la imagen al que están más acostumbrados, y sobre ello se pueden plantear las tareas escolares; la lectura de un cuento motivador; el relato de alguna experiencia, en la que ellos también puedan aportar sus propias vivencias; todo ayuda para que se sientan parte. La motivación extrínseca puede en la mayoría de los casos despertar la motivación intrínseca. Los retos, los cuestionamientos, solo harán que persista más en la actitud de reticencia; mas bien se lo debe alentar, imponerle desafíos, demostrarle que puede lograrlo, y sobre todo una profunda paciencia y comprensión, aunque combinados con la puesta de límites en el momento oportuno, recordando que en la adolescencia, el niño está afectado por grandes cambios en su cuerpo y en sus emociones, que indefectiblemente tendrán influencia en la actividad escolar.

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