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A mi hijo no le gusta estudiar

Publicado por Hilda Fingermann

Que a un niño o a un adolescente o aún a un adulto no le guste estudiar, hacer las tareas, levantarse temprano para ir a la escuela, es lo más normal del mundo. La escuela es un producto cultural y no natural. A las personas nos gusta divertirnos, hacer cosas por placer y no por deber, y disfrutar de nuestro tiempo.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que tiene instituciones y reglas; y si queremos vivir en ella y no al margen de la misma debemos aceptarlas; pero lo mejor es acatarlas por la convicción de su necesidad, y no por temor al castigo a las represalias del sistema; ya que si lo hacemos por este último motivo, no lograremos disfrutar de las obligaciones sociales y cuando podamos violaremos sus normas o tomaremos caminos alternativos y moralmente disvalosos para burlar lo establecido. Se trata de ver a la escuela no como una restricción a la libertad sino como una puerta abierta hacia ella.

Los niños pequeños quieren y necesitan jugar, y la escuela es el lugar donde se le imponen límites, y por eso la rechazan. Ellos preferirían estar con sus padres y hermanitos, mirando televisión, paseando por el parque o jugando video juegos. En el caso de los adolescentes su propia rebeldía los hace desafiar lo establecido, querer encajar en su grupo de pares donde el estudioso no es precisamente el más popular; pero lo padres sabemos que necesitan estudiar para adquirir aunque sea los conocimientos básicos de la cultura; y cuando vemos que no hacen las tareas, que no le dedican el tiempo suficiente a sus estudios, nos preocupamos, y esto es lógico.

Lo primero que debemos detectar es la causa del problema. Puede ocurrir que al niño no le guste la escuela porque le cueste concentrarse, no posea conocimientos previos suficientes o tenga pocas herramientas para el aprendizaje significativo o algún problema auditivo o visual. Otra causa puede ser que no comparta intereses con sus compañeros o esté sufriendo bullying. En todos estos casos se debe trabajar sobre el problema detectado para solucionarlo.

Pero si el problema es solo de falta de interés, lo adecuado es poner énfasis en su motivación intrínseca. Para ello el niño o adolescente debe sentir que a los padres les importa que aprenda, se supere y esfuerce, más que sus notas o logros; pues puede suceder que no lo intente pues tiene una historia de fracasos, que lo condiciona y crea que no sirve para estudiar.

El diálogo ameno y no la reprimenda, ayuda mucho (preguntarle sobre sus materias preferidas, sobre las que menos le interesan, su relación con los compañeros y docentes, etcétera); como también hablar con los maestros y profesores para establecer estrategias comunes. Muchas veces no estudiar es un modo que el niño encuentra de llamar la atención, de lograr que se preocupen por él, y cuando advierte que sus padres intervienen, lo escuchan y comprenden, todo cambia.

Hay que encontrar la justa medida entre no dejarlos hacer lo que quieran y presionarlos tanto que lleguen a odiar la escuela. Ésta debe ser el lugar donde ellos comprendan que van para progresar, para adquirir conocimientos que le ayudarán a que en su vida tenga más elementos para sortear las dificultades, donde harán amigos, y que no sea un castigo. Tratar de que adviertan que van a la escuela para crecer como personas y no para sufrir por un fracaso, para aguantar un reto o sufrir alguna humillación. De los errores se aprende; pero lo más importante es que sepa que sus papás están ahí para ayudarlo a comenzar de nuevo, una y otra vez; y que confían en él; en que de a poco irá adquiriendo conciencia de sus responsabilidades, porque de eso se trata crecer.

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