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Buenos y malos alumnos

Publicado por Hilda Fingermann

En esa costumbre tan humana de etiquetar, clasificar, y también discriminar, dividimos a los alumnos en buenos y malos, como si fuera algo tan objetivo de lograr. Para hacerlo usamos diversos sistemas de medición: rendimiento en sus exámenes, nivel de preocupación en las tareas, participación en clase, comportamiento, atención, memoria, pensamiento crítico, etcétera.

Buenos y malos alumnos

Si bien es cierto que algunos alumnos se encuentran mejor predispuestos y más motivados a la hora de aprender, aquellos que aún no adquirieron el hábito y el compromiso, lo harán cada vez menos si se sienten relegados o rechazados. Estimularlos es una tarea del docente de gran importancia. Sus pequeños logros deben ser tomados en consideración para despertar en ellos la idea de que “se puede”. Retarlos cuando no hacen la tarea solo contribuirá a crear resentimiento y frustración. Se los debe invitar a hacerlo para otra clase (con algo menos de nota) para que vayan adquiriendo poco a poco el sentido de la responsabilidad. Por supuesto si bien no hay que humillarlos con retos y sermones, se debe dialogar con ellos acerca de las consecuencias negativas que pueden acarrear sus actitudes, por ejemplo, reprobar la asignatura. Si se constata que el alumno no aprende no porque no lo desea ni se esfuerce, sino por otros factores (problemas visuales, auditivos, cognitivos, psicológicos, o falta de conocimientos previos) se les debe dedicar a ellos más tiempo y conversar con los padres para solucionar los problemas psicofísicos que existieran.

La calidad de buen y mal alumno no es innata sino que se construye. A la inversa, un buen alumno puede dejar de serlo si no se siente alentado, si es objeto de bullying o si tiene problemas personales. Cada cambio debe ser observado por el docente para llegar a tiempo con su intervención.

El mal alumno tiene algún propósito: ser líder negativo, llamar la atención con su mala conducta o sus malas calificaciones, o estar tan apesadumbrado, acostumbrado al fracaso y angustiado que ha perdido interés por la escuela, y desea que todos se den cuenta de ello, para pedir ayuda de ese modo, o para expresar que quiere hacer otra cosa; o peor aún, que no quiere hacer nada, pasando en el futuro a integrar esa generación tristemente llamada “ni ni” que ni estudia ni tampoco trabaja.

El buen alumno también debe ser acompañado en su proceso escolar, para que progrese, pero también para que conozca sus límites, pues un pequeño traspié en sus logros, en alguien que no acepte errores, puede también ocasionarle serios problemas psicológicos.

No debemos perder de vista que estamos educando personas, no tratando de llenar de conocimientos a máquinas frías e insensibles. Todos son nuestros alumnos: los que logran los objetivos antes, y los que aún no los lograron, pero que siempre están a tiempo de hacerlo. Tengamos cuidado, el efecto Pigmalión puede resultar irreversible.

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