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La crisis de la escuela secundaria

Publicado por Hilda Fingermann

La crisis de la escuela secundaria en Argentina se refleja en las pocas competencias con las que egresan los alumnos, lo que dejó en evidencia la evaluación “Aprender” pero que ya era percibido por alumnos, padres y docentes día a día. Alumnos que se reciben sin herramientas básicas y con competencias insuficientes tanto para los estudios superiores como para realizar trabajos calificados.

La escuela secundaria se corresponde con una etapa difícil de la vida, la adolescencia, donde es difícil motivar a los alumnos, más aún en nuestra época, donde a lo natural que son las prioridades puestas en las relaciones entre amigos y en el enamoramiento, se suma el enorme desarrollo tecnológico que los hace adictos a las redes sociales y a los juegos electrónicos.

Son años donde el desafío a los límites, la crítica al sistema y el cuestionamiento constante hacia las reglas, se contrapone con la rigidez que caracteriza a la enseñanza formal, aunque en muchos casos, especialmente en la escuela pública, se han ampliados las libertades en cuanto a la forma de vestir, de peinarse o a las restricciones del uso del celular en clase.

La escuela es lo contrario a lo que ellos pretenden: liberarse de ataduras, no pensar y divertirse. Nuestro desafío es que comprendan que sólo serán libres si piensan y respetan las normas sociales, y que eso no tiene necesariamente que ser aburrido. Es otra forma de pasarlo bien, sin ruidos ensordecedores o luces de colores; es encontrar en la curiosidad y la investigación, el placer de cultivar el cuerpo y la mente.

Los medios de comunicación no ayudan demasiado. Presentan como modelos a seguir, a jóvenes que priorizan la diversión y el placer por sobre el esfuerzo, y el alumno estudioso y aplicado, es objeto de bullying.

La escuela se fundó sobre valores clásicos, tradicionales: respeto, solidaridad, diálogo, trabajo, constancia, etcétera, y nuestra sociedad avanza cada vez más hacia el individualismo y el facilismo. Si bien reconocemos que la escuela debe adaptarse a los cambios sociales, especialmente los tecnológicos, y que los docentes deben capacitarse para incorporar al aula las nuevas tecnologías, también sostenemos que debe ser el lugar desde dónde se debe luchar para sostener valores que no por tradicionales, sean considerados pasados de moda. Los valores supremos no tienen época, deben ser universales, y la escuela es una de las encargadas principales, junto a la familia de hacer que sigan vigentes.

La inclusión masiva al sistema y el hecho de no dejar a ningún alumno sin escolarización se ha hecho sin un programa específico de contención; y entonces, los jóvenes asisten desinteresados, de vez en cuando, sólo porque es obligatorio, y cuando el sistema se lo permite, abandonan; y así crece la deserción y la repitencia. Con la mayoría de edad a los 18 años, surgió otro escollo: ellos mismos pueden decidir a partir de esa edad (muchos tienen ya 18 años o más en los últimos años de la secundaria) retirarse del establecimiento, demostrando que si bien tienen la edad que la ley considera para ser adulto, individualmente no poseen la madurez suficiente.

Padres que aparecen siendo cómplices de sus hijos, tratando de que aprueben a cualquier costo, sin importar si aprendieron, y cuestionando la autoridad docente, van también en desmedro de los resultados en cuanto a la formación integral del educando.

El problema también radica en que los docentes también viven en la misma sociedad y la crisis de valores también, sin que se den cuenta, los alcanza a ellos. Y así hay ausencias reiteradas, no demasiado justificadas, profesores que van a dar clases sólo para ganar el sueldo, que se olvidan de corregir las tareas que se llevaron, que les piden trabajos domiciliarios que después se olvidan de reclamar, que les dictan los contenidos durante toda la jornada, sin aportar ninguna tarea creativa, que llegan tarde, etcétera, y entonces, la apatía y la mediocridad se retroalimentan. Por supuesto, con honrosas y no pocas excepciones, tanto del lado de los alumnos como de los docentes (pero lo malo es lo que más se visualiza y lo que hay que cambiar).

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