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La inclusión en educación

Publicado por Hilda Fingermann

La inclusión de todos los niños y jóvenes en el sistema educativo es un anhelo que está aún lejos de cumplirse. Si bien existen políticas destinadas a lograrlo, como planes de ayuda y obligatoriedad de la educación primaria e incluso secundaria, las cifras de deserción escolar son alarmantes, y también lo es, el número significativo de chicos que van solo por la ayuda escolar, pero no se integran al sistema, que no está preparado para recibirlos con sus necesidades especiales.

Cada persona tiene su propia manera de aprender, su personal forma de ver el mundo, condicionada fundamentalmente por su entorno socioeconómico. Una educación idéntica para todos, de calidad, sin discriminaciones, no significa desconocer esa realidad diferente por la que atraviesan los educandos. Para que la escuela realmente incluya a todos los niños, debe estar preparada para afrontar ese desafío de brindar un acompañamiento pleno a los grupos de alumnos, que provienen de hogares no solo carenciados económicamente, pues eso sería muy fácil de revertir con aporte económico, sino que se ven privados, en innumerables casos de contención afectiva familiar.

Un niño que pasa la mayor parte de sus horas en la calle, sin conocer límites, y de repente lo colocamos varias horas en una institución escolar con normas bastante rigurosas, no se sentirá incluido, sino preso. Por lo tanto, si se quiere realmente que la educación contenga a los niños, pero a su vez los forme en contenidos conceptuales, actitudinales y procedimentales, se debe trabajar mucho, sobre todo desde el gabinete orientador, que debería estar conformado por sociólogos, trabajadores sociales y psicólogos.

Las tareas deben incluir educación en valores, sobre todo de solidaridad y respeto a las diferencias, pero que se refleje no solo en la teoría sino en las actitudes cotidianas.

Incluso no les es fácil a niños que crecieron en climas riesgosos y violentos, convivir con sus compañeros, acostumbrados a la protección paterna, ni a estos con aquellos. Las familias que envían a sus hijos a la escuela pública ven cada vez más como se profundiza la brecha entre esos establecimientos y los privados, que no albergan a los chicos repitentes, ni con problemas de conducta, ni con necesidades especiales, ni de hogares con carencias, en la mayoría de los casos, y los sienten como una amenaza para la formación de sus hijos, pues lógicamente se trabaja con otro ritmo, al existir en el salón de clases chicos con menores conocimientos previos, lo que se traduce en un pasaje cada vez mayor de alumnos de escuelas públicas a privadas. El trabajo de inclusión por lo tanto, que me parece necesario e incluso legalmente exigible, pero no implica obligar a que vayan a la escuela solamente, sino estar preparados para recibirlos.

Como docente he observado un crecimiento significativo de la matrícula este año en Argentina con la puesta en práctica de la asignación universal por hijo, entre cuyos requisitos se exige que los niños concurran a la escuela. Sin embargo, ya llegando a los últimos meses del año, esos niños que ingresaron o reingresaron con edades mayores a las de sus compañeros, y con otras necesidades y expectativas, luego de transcurrir un período de fracaso escolar, tanto a nivel cognoscitivo como de adaptación a las normas, han abandonado otra vez las aulas.

Las palabras bonitas son fáciles de pronunciar, las medidas concretas para la inclusión, están muy lejos de efectivizarse.

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