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La profesión docente

Publicado por Hilda Fingermann

Ser un profesional de la docencia significa haber obtenido un título académico de grado superior, cumplir una función socialmente valorada, poseer autonomía de ejercicio de la misma y seguir ciertas reglas éticas pautadas en el seno de la comunidad profesional.

Si el docente no es considerado un profesional es porque desde el Estado y desde la sociedad en su conjunto se ha desdibujado ese rol, no se ha cumplido con la demanda de capacitación continua, que cuando se hace no se la implementa de modo adecuado ni con gente especializada en práctica áulica y se le han asignado otros roles, que si bien son sociales no son les propios, desde el punto de vista pedagógico.

La escuela es hoy un lugar para enseñar y aprender pero además y por sobre todo, un sitio de contención social, donde los niños concurren para no estar en la calle, pero donde se combinan aquellos con gran apoyo familiar con los que asisten en estado de total desamparo material y espiritual. Ante este grave problema social se le pide al maestro que enseñe, que se adecue a las necesidades de una sociedad cambiante en valores, que progresa tecnológicamente a ritmo vertiginoso, que cuide la conducta sin imponer sanciones, que escuche, que trate de enseñar en un aula, de la que no puede retirarse ningún alumno aún cuando con su indisciplina no permita dar clases, que integre niños con necesidades especiales sin estar preparado para ello, etcétera.

Aclaro que la integración de niños con carencias de cualquier tipo me parece no solo necesario sino imprescindible, pero debe hacérselo de modo pautado, previendo los inconvenientes y las soluciones, con maestras integradoras en el aula para chicos que requieran atención especial (es físicamente imposible que el maestro pueda atender todas las necesidades individuales, y además enseñar). El gabinete pedagógico debería ser un instrumento de ayuda valiosísimo y muchas veces está allí, pero el maestro no siente su presencia real. La ayuda cuando llega, es tarde, y en la mayoría de los casos, los problemas son imposibles de resolver desde la escuela, pues van más allá de la falta de concentración, de no hacer las tareas o de molestar en clase; es un problema de profundo quiebre familiar, que a su vez deviene de un problema social.

La escuela recibe lo que la sociedad le manda: niños y jóvenes educados en un mundo invadido por el consumismo, el individualismo y la violencia, y trata en unas pocas horas de enseñar valores positivos, éticos y culturales. La profesión docente, que debe ser indiscutiblemente considerada tal, debe rescatase desde el Estado y desde los hogares, si se quiere que el mundo progrese en sentido éticamente deseable. Debe exigirse a los maestros, capacitación, puntualidad, ejemplo, pues es cierto que como en todas las profesiones los hay buenos y malos, y compensárselos con respeto, pues su labor es la de formar el futuro de la nación a la que tanto decimos querer.

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